Santi Fernández Patón, autor de Última escala, conversa sobre el origen de la novela, los temas que atraviesan sus páginas y el viaje creativo que hay detrás de una historia marcada por las decisiones, la memoria y los puntos de no retorno
La novela comienza con una despedida en una rotonda fronteriza de Hendaya. Qué apareció primero: ¿esa imagen, el personaje o el tema de la ruptura?
En realidad la imagen no apareció, sino que en cierta forma la experimenté. Mi pareja suele hacer la vendimia en Francia. En 2020 pasamos unos días juntos en el País Vasco Francés, antes de que ella cogiera un autobús en la rotonda fronteriza de Hendaya para viajar hasta el viñedo que la contrata. La imagen de ese autobús alejándose, yo sin nadie más en aquella rotonda bajo una lluvia incipiente, la tristeza de quedarme solo allí, después de tantos meses de pandemia y encierro forzado… La imagen estaba y en ese mismo momento se me ocurrió la idea: una pareja en una situación similar, pero la persona que coge el autobús acaba de decirle a la que se queda que, en realidad, la está dejando, que no lo había hecho antes porque el confinamiento domiciliario de la pandemia del COVID se lo impidió. Supe que ese era el desencadenante para dar forma a varias ideas, algunas incluso ya escritas, que no encontraban el ensamblaje ni el fondo adecuados.
¿Por qué decidiste situar el inicio en el verano de 2020, justo cuando comenzaba la llamada «nueva normalidad»?
En esa rotonda entendí eso, que el trasfondo tenía que ser la «nueva normalidad». Al fin y al cabo no se trataba de otra cosa que de reconstruirnos como sociedad, algo que me servía como trasunto del proceso del narrador. A fin de cuentas, ese narrador se tiene que reconstruir como individuo después de un golpe tan inesperado como traumático. Es algo habitual en mi narrativa: que lo personal vaya entreverado con el contexto.
¿Qué significa el título Última escala y cómo dialoga con los viajes físicos e interiores del protagonista?
Te voy a confesar una cosa: el título era otro hasta casi el momento de entrar en imprenta. Esta novela es una novela de rotondas, de historias en las que se entra y se sale y nos llevan a otros lugares y épocas recientes. Así va avanzando la trama principal, la reconstrucción del personaje y el país: un viaje, en definitiva, que en realidad nunca puede terminar, pero al que en algún momento el narrador debe poner punto final si quiere empezar una nueva etapa, lo mismo que el país. Por eso el título me pareció una buena metáfora.
El protagonista atraviesa una crisis sentimental, laboral y vital. ¿Qué querías explorar a través de esa acumulación de fracturas?
Lo primero era no caer en el lamento autocompasivo tan propio de ciertos hombres y, de hecho, diría que el narrador deconstruye de forma notable su masculinidad. Tampoco quería llenar de oscuridad el relato, puesto que el trasfondo ya tenía más que suficiente. Recomponerse podía ser también un proceso con humor y giros sorprendentes. Espero que las lectoras y lectores, en efecto, se rían y dejen asombrar. De eso se trataba, en el fondo, y de entender que la única manera de salir para adelante es también salir de nosotros mismos. De nuevo, la pandemia me ofrecía ese correlato ideal.
Miriam desencadena el viaje narrativo con su marcha. ¿Cómo trabajaste su presencia para que fuera algo más que la persona que abandona al protagonista?
Eso era, precisamente, un reto narrativo de primera hora: la presencia de Miriam tenía que ser totalizadora, pero desde la ausencia, estar sin aparecer, permear todo sin que, en esencia, supiéramos nada de ella. Nuestras relaciones con los demás nos componen, nos construyen como personas, constituyen nuestra subjetividad. Tenía que plasmar eso, pero sin caer en los tópicos a los que suele dar lugar una historia de rupturas. Quería destilar de manera sutil los resultados de ese viaje, y espero que las lectoras atentas perciban esa desintegración y recomposición.
La historia de la madre y los secretos familiares amplían el relato íntimo. ¿Qué papel juega la herencia emocional en la identidad de los personajes?
Para mí es fundamental por lo mismo que te decía: somos resultado de nuestra composición con los demás. Balzac, en La bestia humana, viene a decir que el yo se deforma a través de algunas grietas heredadas de la historia familiar. Yo creo en esa idea.
Intento que mis novelas se parezcan a la vida en algo fundamental: no hay sentido en la vida, el orden que les ponemos es ficticio, del mismo modo que, en sociedad, conviven la potencia alegre y compositiva
¿Por qué optaste por un protagonista sin nombre? ¿Buscabas reforzar su dimensión generacional?
Ahí va un secreto que hasta ahora nunca había contado: en mi infancia o primera adolescencia leí una novela de Raymond Chandler, o tal vez de Dashiell Hammett y, al terminarla, mi padre me preguntó si había reparado en que nunca sabemos el nombre del narrador. Se me quedó grabado, como si por primera vez entendiera que los autores manejan códigos propios, y que eso puede resultar muy estimulante. Cuando empecé a escribir mis narradores en primera persona no tenían nombre, imagino que como homenaje a aquel temprano descubrimiento, y luego me di cuenta de que era una forma de restar importancia al yo. Supongo que, además, temo caer en el solipsismo.
La novela habla de una generación educada en la promesa de la estabilidad y obligada a vivir en la precariedad. ¿Qué querías cuestionar de ese relato meritocrático?
Es un tema que de una u otra forma atraviesa mis novelas, a veces de forma más rotunda y otras no tanto, y ya solo con mis personajes suele quedar cuestionado ese relato. En mis novelas, por ejemplo, se trabaja, y se habla de dinero, e intento reflejar cómo eso condiciona nuestra manera de estar en el mundo mucho más allá de una mera perspectiva de clase: cómo amamos, cómo odiamos, incluso cómo follamos, además de cómo nos relacionamos con la familia, con los amigos, con el medio ambiente… Eso tiene que ver, mucho más de lo que parece, con el saldo de tu cuenta bancaria y el modo en el que lo has conseguido.
No obstante, en esta novela también he mirado a otras generaciones, no solo a través de la sobrina del narrador, una niña sorda a la que le toca vivir en un mundo de incertidumbres. También a otra generación mayor, en especial para reflejar las dos caras de la Transición y los años ochenta, la de quienes se subieron al tren de la modernidad y la de quienes se quedaron en la orilla.
¿Crees que la pandemia reveló problemas que ya existían o que produjo una fractura verdaderamente nueva?
Yo diría que más bien exacerbó problemas latentes y otros ya manifiestos, y que ahora están a la orden del día. Hemos normalizado situaciones que, por entonces, empezaron a llevarse a lugares inimaginables poco antes. Por ejemplo, todo lo que ahora predica la extrema derecha sobre la libertad entendida como individualismo brutal; los bulos cada vez más disparatados; eso que ahora llamamos polarización; el desprecio a principios básicos de humanidad: los ancianos de entonces que en Madrid abandonaban en las residencias porque «iban a morir igual», y ahora el desahucio violento con decenas de antidisturbios, uno entre tantos, de otra anciana con discapacidad para precipitar su muerte y que no moleste más a los especuladores.
¿Consideras Última escala una novela pesimista, esperanzada o situada deliberadamente entre ambos extremos?
Intento que mis novelas se parezcan a la vida en algo fundamental: no hay sentido en la vida, el orden que les ponemos es ficticio, del mismo modo que, en sociedad, conviven la potencia alegre y compositiva (¡ahí tenemos las acampadas de la vivienda!) con las fuerzas depredadoras.
Si pudieras formularle una pregunta al protagonista varios años después del final, ¿cuál sería?
Dejaría que fuera él, tras su viaje, el que me la hiciera a mí, porque seguro que ha aprendido más que yo.
En esta novela también he mirado a otras generaciones, no solo a través de la sobrina del narrador, una niña sorda a la que le toca vivir en un mundo de incertidumbres. También a otra generación mayor, en especial para reflejar las dos caras de la Transición y los años ochenta
¿Qué conversación esperas que abra esta novela sobre la generación que llegó a la madurez entre crisis sucesivas?
En 2014 publiqué Grietas, una novela que transcurre al poco de levantarse las acampadas del 15M y en la que, de nuevo, lo personal se entrevera con lo social. Lo que me preguntas era el asunto central de la novela, y de alguna forma está de nuevo en Última escala. Esa generación llega a la madurez y se enfrenta al desencanto y la insatisfacción porque, tal vez, demasiadas de sus decisiones vitales son consecuencia de la inercia, la clase social, las expectativas externas y el temor al adocenamiento en un momento en el que ya no se tragan el cuento de la meritocracia. No obstante, creo que, como novelista, el reto es plasmar todo esto, con aristas, con humor también, con algo de fantasía, con tramas y personajes atractivos, con toda la profundidad de la que soy capaz, incluso remontándome a otros épocas recientes, pero siempre con la idea de que la verdadera conversación se dé en la calle. Creo que, precisamente, lo que vivimos ahora con las protestas por la vivienda es parte de esa conversación.
¿En qué proyectos literarios estás trabajando ahora?
Una nueva novela, de la que de momento no voy a adelantar nada… ¡por pura superstición!
