La Fundación Wellington celebró un nuevo coloquio. El encuentro forma parte del ciclo ‘Los Coloquios del Wellington’, con el objetivo de generar espacios de diálogo y reflexión sobre cuestiones culturales y sociales de actualidad
Este último se ha dedicado a reflexionar sobre el impacto que tienen estas plataformas digitales en nuestra forma de relacionarnos, informarnos, construir opinión pública y configurar nuestra identidad individual y colectiva. Para abordar este complejo escenario, el evento contó con un panel de expertos de primer nivel: el psiquiatra y escritor D. José Cabrera; el periodista y escritor D. Boris Izaguirre; y el historiador y sociólogo D. Jorge Vilches. La mesa estuvo moderada por la periodista Dña. Ana Samboal, quién condujo la conversación a través de las principales claves sociales, políticas y culturales de este nuevo ecosistema digital.
Dña. Pilar Moratiel, secretaria de la Fundación Wellington, inauguró el coloquio subrayando que las redes sociales “han democratizado el acceso a la información y al conocimiento, han conectado a millones de personas y han potenciado el intercambio de ideas a escala mundial”. Sin embargo, advirtió también de los enormes desafíos que plantea esta nueva realidad, especialmente en un momento en el que las redes sociales, unidas al desarrollo de la inteligencia artificial, se han convertido en “sistemas de recomendación predictivos y en espacios donde se debate la política, se forman las modas, se redefinen los afectos y se condiciona la manera en que miramos el mundo”. Para finalizar su intervención, planteó tanto a los asistentes como a la mesa de debate algunos de los grandes retos de nuestro tiempo: cómo conciliar la inmediatez con la privacidad, cómo preservar la soberanía sobre nuestros datos y cómo mantener la capacidad de conectar verdaderamente con los demás, más allá de la pantalla.
Para abrir el turno de intervenciones, la periodista y moderadora de la mesa, Dña. Ana Samboal, destacó la presencia cada vez más intensa de las redes sociales en todos los ámbitos de nuestra vida: la información, la comunicación política, la actividad empresarial, la creación de la reputación personal y la forma en que nos relacionamos con los demás. “Hoy no podemos hablar de opinión pública, de comunicación ni de convivencia sin hablar de redes sociales”, señaló.
D. Boris Izaguirré inició su ponencia asegurando que “la mayoría de las personas consume más redes sociales que cadenas generalistas de televisión”, citando plataformas como YouTube o Instagram como nuevos escenarios de programación variada y continua. A su juicio, las redes sociales funcionan como “un entrenamiento para la relevancia social”, porque obligan a las personas a aprender a gestionar su exposición, su discurso y la percepción que los demás tienen de ellas. Defendió que, una parte positiva de estas plataformas es que cuestionan la idea tradicional de popularidad y obligan a cada usuario a preguntarse qué quiere decir, cuándo y cómo.
Por su parte, el Dr. Cabrera abordó el fenómeno desde una perspectiva humana; explicó que muchas de las personas que acuden a consulta buscan, ante todo, hablar, expresarse y ser escuchadas. Cabrera advirtió de la deshumanización que suponen las redes sociales, a las que describió como “la industria de la esclavitud sobre lo que opinan los demás” y alertó sobre el uso que algunas personas que atraviesan momentos de malestar, soledad o frustración dan a estas plataformas, encontrando en ellas un lugar desde el que esconderse, atacar o proyectar sus emociones.
D. Jorge Vilches se centró en el impacto de las redes sociales sobre la comunicación política e institucional; y expuso el cambio ha sido radical porque “los periodistas han dejado de ser los principales intermediarios entre los políticos y la ciudadanía; ahora los protagonistas son las redes sociales”. Además, señaló que las redes han transformado el lenguaje, haciéndolo “más sencillo, más emocional y, más soez”. En su opinión, esta vulgarización del discurso público ha contribuido a que muchos dirigentes políticos utilicen la inmediatez de las plataformas para desviar la atención, lanzar mensajes emocionales o alimentar comunidades ideológicas cerradas.

A partir de esta reflexión, Ana Samboal planteó una de las grandes cuestiones del debate: en las redes sociales, “cualquiera puede convertirse al mismo tiempo en fuente, emisor y altavoz de una información no siempre contrastada”. Vilches fue claro al señalar que en este ecosistema “la verdad no importa tanto como el impacto de lo que se cuenta”. Para Cabrera, este es uno de los grandes impactos de las redes sociales: “los sentimientos se volatilizan, la persona desaparece y todo parece posible, inmediato y pasajero”.
El papel de la educación y del pensamiento crítico centró otro de los grandes bloques del coloquio. Boris Izaguirre defendió que la respuesta debe pasar por “defender la democracia y seguir votando”. Vilches, por su parte, advirtió del peligro de delegar en los políticos la capacidad de decidir: “Los adultos tenemos capacidad cognitiva para identificar lo que puede ser verdad o mentira y comprobarlo; no podemos delegar eso en el Gobierno”, señaló. Por su parte, Cabrera destacó el “componente hipnótico” de las redes sociales, y defendió la necesidad de recuperar la conversación, la lectura y los vínculos reales “como antídotos frente a la deshumanización progresiva”.
El coloquio abordó también la entrega masiva de datos personales a plataformas y empresas tecnológicas. Samboal recordó que los usuarios comparten imágenes, información íntima, datos personales y contenidos relacionados incluso con menores. “Entregamos esa información gratis porque juegan con nuestra necesidad de formar parte de la tribu”, explicó Vilches. Cabrera insistió en que “cada usuario debe asumir su responsabilidad sobre lo que publica y comparte”, especialmente en el caso de los más jóvenes, a quienes considera particularmente vulnerables por su falta de lectura y criterio.
En la última parte del debate, los ponentes reflexionaron sobre el regreso de ciertas prácticas analógicas, como los tocadiscos, los talleres manuales o las actividades artesanales, como una posible reacción ante la saturación digital. Vilches interpretó este fenómeno como un doble rebote: “por un lado, una vuelta al trabajo manual frente a la inteligencia artificia¨, por otro, una recuperación de la espiritualidad y de aquello que conecta con la esencia del ser humano”. Izaguirre, con ironía, apuntó que incluso ese regreso a lo analógico puede terminar convertido en contenido para redes sociales.
La Fundación Wellington es una institución benéfico-docente constituida en junio de 1984 por voluntad de Doña Julia González Altuna, viuda de Don Baltasar Ibán, fundador del Hotel Wellington. Su sede se encuentra en la calle Velázquez, 8, en Madrid. Su propósito es fomentar actividades docentes, culturales y sociales que contribuyan a mejorar la formación humana, profesional y cívica de las personas.
Entre sus actividades destacan los coloquios del Wellington, colaboraciones culturales, desayunos-coloquio con el Club Empresarial ICADE, iniciativas solidarias junto a Manos Unidas y el copatrocinio de premios culturales como los Premios Teatro Valle-Inclán.
La Fundación Wellington combina tradición, compromiso educativo y promoción cultural. Su labor se orienta a impulsar el conocimiento, apoyar iniciativas sociales y favorecer la formación integral de las personas.
