Recientemente ha publicado ‘María de Magdala: El error que la Iglesia nunca quiso corregir‘, en este libro vas a descubrir datos que no conocías, y algunas certezas podrían agrietarse
Hola, Domingo, bienvenido a nuestra revista; recientemente has publicado María de Magdala: El error que la Iglesia nunca quiso corregir, ¿qué se va a encontrar el lector?
Se va a encontrar con historia, pero contada sin aula ni sermón. Información sólida, depurada, sin barro académico. Va a descubrir datos que no conocía y, sobre todo, va a notar cómo algunas certezas que arrastra desde la infancia podrían agrietarse.
No es un libro para destruir la fe de nadie. Es un libro para desmontar una versión sin base histórica. Y cuando una versión ajustada se cae, siempre hace ruido.
La Magdalena de los textos no encaja con la imagen de prostituta arrepentida que se instaló durante siglos. Esa identificación no está en los evangelios. Es posterior
¿Qué te impulsó personalmente a escribir sobre María Magdalena en particular?
Desde que escribí Tardes con Lázaro, hubo tres figuras que se me quedaron clavadas: Jesús, María su madre y María de Magdala. Pero Magdalena tenía algo distinto. Estaba ahí, en los textos, y al mismo tiempo parecía desplazada. Visible y borrada a la vez. Esa tensión me atrapó. Cuando un personaje parece molestar a la historia oficial, casi siempre merece que alguien vuelva a mirarlo.

¿Qué fuentes primarias (bíblicas, arqueológicas, gnósticas) consideras las más fiables para reconstruir su vida?
Aquí conviene ser honesto: su vida no se puede reconstruir. No como nos gustaría. Lo que sabemos con cierta base histórica cabe en muy pocas líneas. Las únicas fuentes del siglo I que la mencionan son los evangelios canónicos. Y ya están escritos desde la fe, no desde los hechos tal y como ocurrieron.
En los siglos II y III circuló mucho material sobre ella —evangelios y textos apócrifos—, incluido el llamado Evangelio de María Magdalena. Son documentos fascinantes porque muestran cómo distintas comunidades la recordaban. Pero no son biografías históricas en sentido estricto.
En mi libro no relleno huecos con imaginación piadosa ni con teorías seductoras. Me ciño a lo que los textos permiten afirmar… y a lo que su silencio deja entrever.
¿En qué punto de tu investigación te diste cuenta de que la figura histórica difería de la tradición popular?
No fue un momento concreto. Fue un proceso. Cuando lees los evangelios sin filtros devocionales, algo se descuadra. La Magdalena de los textos no encaja con la imagen de prostituta arrepentida que se instaló durante siglos. Esa identificación no está en los evangelios. Es posterior.
Y no es solo ella. En los relatos hay personajes que se expanden y otros que se encogen. Algunos crecen con el paso del tiempo; otros quedan en segundo plano. Magdalena pertenece claramente a este segundo grupo. Y cuando alguien es reducido, conviene preguntarse por qué.
¿Cuándo y cómo se convirtió María Magdalena, erróneamente, en el arquetipo de la prostituta arrepentida?
Año 591. El papa Gregorio Magno hizo un “arreglo casero” con las tres Marías que aparecen en los evangelios: la hermana de Lázaro, la pecadora anónima de Lucas y la Magdalena. Las fusionó en una sola figura y, sin prueba alguna, la etiquetó como prostituta. Una identificación arbitraria que Occidente decidió conservar durante siglos.
No hay ninguna prueba, hasta hoy, que indique que fuera la esposa de Jesús. ¿Pudo haber ocurrido? Es posible. ¿Tenemos evidencia? Ninguna
¿Qué significaba exactamente en el contexto histórico que Jesús la librara de «siete demonios»?
En la Antigüedad se atribuían al demonio muchas enfermedades. No existían categorías clínicas como las de la psiquiatría moderna para hablar de bipolaridad, esquizofrenia o trastornos de la personalidad. En el judaísmo, el número siete simboliza plenitud, totalidad. Es decir, si se habla de “siete demonios”, el texto está diciendo que estaba profundamente enferma. Rota por dentro. No prostituida: enferma.
¿Qué pruebas existen o qué indicios te llevaron a descartar que fuera la esposa de Jesús?
Pruebas no hay ninguna, hasta hoy. Si mañana aparece una cueva con documentos que lo confirmen, la historia cambiará. Pero, por ahora, que fuera esposa o amante de Jesús pertenece a la literatura sensacionalista y al cine. ¿Pudo haber ocurrido? Es posible. ¿Tenemos evidencia? Ninguna.
En mi libro no relleno huecos con imaginación piadosa ni con teorías seductoras. Me ciño a lo que los textos permiten afirmar…
¿Qué papel real crees que tuvo en el ministerio de Jesús? ¿Fue realmente una líder entre los discípulos?
Los textos dicen que acompañó al rabino junto a otras mujeres y que contribuyó económicamente al grupo. Eso ya rompe el molde. Pero hay algo más: las fuentes antiguas la sitúan siempre cerca del maestro en los momentos decisivos. Su presencia constante no es decorativa. Si aparece en los puntos clave del relato, es porque su peso fue real.
¿Cuál fue el hallazgo más sorprendente que cambió tu visión sobre ella durante la escritura?
Que el pilar del cristianismo —la resurrección— cae sobre ella. Es la primera en la tumba vacía y la primera en anunciar lo que ha visto. En esto coinciden los cuatro evangelios, y eso no es habitual. Lo incómodo es evidente: el testimonio de una mujer no tenía valor jurídico en el siglo I. Así que el relato termina desplazando el foco hacia voces masculinas. Ella abre la escena. Otros se quedan con el micrófono.
¿Qué parte de la historia de María Magdalena crees que ha sido más incomprendida a lo largo de los siglos?
Es difícil elegir una sola, porque ni siquiera tenemos su biografía. Pero la mayor distorsión fue convertirla en prostituta sin base textual y mantener esa etiqueta durante siglos. No fue un error inocente. Fue una marca que la redujo y la silenció. Y eso pesa más que cualquier demonio.
