Acaba de publicar Sombras de lo eterno. En una sociedad cada vez más tecnificada y dominada por los algoritmos, Sombras de lo eterno es una novela que irrumpe en la Ciencia Ficción española con personajes que deben desafiar al sistema, marcado por un control sutil que promueve la superficialidad y la alienación a través de la vigilancia constante y una libertad ilusoria.
Hola, Jorge. Has publicado Sombras de lo eterno, ¿cómo nació la idea de escribir un libro sobre los algoritmos y la vigilancia social?
La idea no nació de un relámpago en la tormenta, sino de años rumiando en el barro de lo cotidiano. Como director en empresas de software, vi de cerca cómo los algoritmos no son solo código: son cadenas invisibles que prometen eficiencia y entregan apatía. En el aula, enseñando historia a muchachos que viven pegados a pantallas, noté cómo el «progreso» borra la memoria como la lluvia cala los huesos. A lo largo de años, bajo el cielo gris, empecé a garabatear sobre esa «dogma invisible»: no la vigilancia de botas y megáfonos, sino la sutil, la que te susurra «esto es libertad» mientras te ahoga en comodidad. Quería un libro que cortara como un hacha: crudo, sin filtros, para recordar que lo eterno late en las grietas humanas, no en el zumbido de servidores.
¿Podrías resumir brevemente la trama principal de tu novela?
En un rincón costero perpetuamente empapado —lluvia incesante, montañas que vigilan como jueces mudos—, Santiago Friendly, un tipo apático, navega rutinas programadas por algoritmos que disfrazan control de progreso. Junto a Susana Shimmering, una líder carismática con grietas en su armadura narcisista, y un coro de aliados rotos —el técnico Lucas, el bruto Fernando, la soñadora Amaya—, descubren un glitch que rasga el velo: el «dogma invisible» no es neutral, sino un yugo plutocrático que borra memorias y disuelve voluntades. Tres partes: la ilusión del letargo diario, la grieta de rebeliones subterráneas, y el asalto al núcleo que revela lo humano eterno. No hay explosiones; hay susurros que queman, y un final que no resuelve, sino que invita a cuestionar: ¿qué queda cuando el sistema olvida por ti?

¿Cuáles son los personajes clave y cómo se ven afectados por la presencia de algoritmos en sus vidas?
Santiago es el espejo roto: mirada cansada, atrapado en despertares IA y desplazamientos «optimizados» que lo convierten en un autómata, erosionando su voluntad hasta que un sueño primitivo lo quiebra. Susana, elegante y penetrante, usa el carisma para escalar, pero los algoritmos amplifican su vacío; cada “me gusta” es una máscara que ahoga su vulnerabilidad, convirtiéndola en líder que anhela conexión real. Lucas, el rebelde con gafas y barba, disecciona el código como un cirujano, pero la vigilancia lo aísla en sótanos húmedos, robándole la fe en la racionalidad pura. Fernando, el guardián tosco con cicatrices, resiste instintivamente, pero el dogma lo reduce a gruñidos en plazas manipuladas. Amaya, etérea y reflexiva, gira en espirales internas que los algoritmos miden, pero no tocan, simbolizando la profundidad que el sistema ignora. Hay más personajes, pero todos sangran lo mismo: la alienación que disuelve la lealtad, dejando grietas donde nace la resistencia.
En tu opinión, ¿hasta qué punto los algoritmos controlan nuestras decisiones cotidianas?
Hasta el tuétano, pero sin que lo notes: como el humo del cigarro que inhalas sin pensar, te calienta un instante y te mata a sorbos. Deciden qué ves, con quién hablas, qué compras, no con un puño, sino con un susurro de «recomendaciones» que moldean gustos como arcilla blanda. No es control total; es el blando, el que te hace creer que eliges, mientras te guía por surcos invisibles. El peligro no está en la jaula; sino en que la llamas hogar.
En el aula, enseñando historia a muchachos que viven pegados a pantallas, noté cómo el «progreso» borra la memoria como la lluvia cala los huesos.
¿Crees que la sociedad es consciente del nivel de vigilancia al que estamos sometidos?
A ratos, como un tipo que siente el peso de la armadura, pero sigue pavoneándose en el salón. Hay fogonazos, pero la mayoría prefiere el velo: es más fácil ignorar el ojo en el bolsillo que desconectar. Somos conscientes en abstracto, ciegos en lo crudo: la vigilancia no grita; susurra promesas de seguridad, y nos callamos porque el silencio duele menos que el vacío sin red social.
¿Qué peligros o beneficios destacas en el uso masivo de algoritmos para controlar comportamientos?
Beneficios: eficiencia como un bisturí en el entorno laboral. Por ejemplo, con diagnósticos médicos rápidos, rutas que evitan atascos, conexiones que salvan soledades en pandemias. Pero son migajas para el pan envenenado.
Peligros: el control blando que disuelve la voluntad, como en mi novela, donde algoritmos borran memorias incómodas para «armonizar» sociedades. Crea burbujas de eco que polarizan, vigila disidencias antes de que nazcan, y perpetúa desigualdades plutocráticas. El mayor riesgo: perdemos lo eterno, las grietas de duda y lealtad que hacen humanos, por un «bienestar» que mide “me gustas”, no almas.
¿Te has basado en ejemplos reales o estudios para construir el universo de tu novela?
Sí, como un herrero que forja con hierro del mundo real. Mi experiencia en el mundo tecnológico del software me dio el núcleo, o casos donde algoritmos manipulaban votos como marionetas. Estudios sobre «capitalismo de vigilancia» calaron en el dogma invisible, cómo redes sociales y buscadores monetizan comportamientos para predecir y moldear. La Ciudad Húmeda bebe de Asturias: lluvia eterna, montañas cantábricas como barreras naturales contra el olvido. Y en el aula, veo ecos en chavales muy pendientes de las redes sociales, aunque ellos son solo daños colaterales o invitados a la fiesta. No es ficción pura; es un espejo empañado de lo que ya pasa, aunque exagerándolo.
¿Cómo reflejas en tu libro el conflicto entre la libertad individual y el control social?
Como un duelo en la melé del rugby: crudo, sin árbitros, donde la libertad no es un grito, sino un placaje que duele, pero libera. Santiago encarna el individuo ahogado en rutinas «libres» —elige café por app, pero el algoritmo elige su día—. El control social es el dogma: normas implícitas que disfrazan segregación de progreso, borrando disidencias en sótanos de apatía. El conflicto estalla en grietas —encuentros no programados, susurros en la lluvia— que restauran la lealtad humana. No resuelvo con utopías; muestro que la libertad se gana en lo minúsculo, resistiendo el control no con bombas, sino con verdades que cortan como hachas.
¿Crees que estamos perdiendo privacidad a cambio de comodidad?
Absolutamente, y es un trueque de idiotas: vendemos el alma por un mapa que nos lleva al supermercado. La privacidad no es un lujo; es el espacio donde rumias sin testigos, donde la lealtad se forja sin “me gustas”. Hoy, cada clic es un informe para plutócratas que venden «comodidad» —recomendaciones que provocan adicción, seguros que vigilan—. En mi novela, Susana pierde su yo en el carisma digital; en la vida real, vemos divorcios por datos hackeados, empleos negados por posts antiguos. Ganamos atajos, perdemos el derecho a ser incoherentes, rotos, humanos. Es un castillo feudal sin foso: acogedor, pero indefenso.
¿Piensas que es posible escapar de la influencia de los algoritmos en la actualidad?
Escapar del todo, no: son el aire que respiramos en esta era, Pero resistir, sí, en grietas minúsculas, como mis personajes en sótanos húmedos. Desconecta una hora al día, camina sin GPS, habla cara a cara sin filtros. En el aula, intento enseñar historia para que los muchachos sientan el peso de memorias no algorítmicas. No es huir al bosque; es afilar el hacha interna: cuestiona recomendaciones, borra apps innecesarias, forja lealtades que no midan compromiso. Posible, si eres terco como un perro viejo: no vences el sistema, pero no te dejas domar. Y en ese viaje, está parte de la cuestión.
Como director en empresas de software, vi de cerca cómo los algoritmos no son solo código: son cadenas invisibles que prometen eficiencia y entregan apatía.
¿Cómo reaccionan los personajes ante la vigilancia constante? ¿Hay rebelión o resignación?
Mezcla de ambos, como un fuego que arde bajo cenizas: resignación inicial ahoga a Santiago en rutinas que lo convierten en sombra de sí mismo, Susana se adapta con sonrisas que ocultan grietas. Pero la vigilancia constante —drones zumbando, anuncios que leen mentes— enciende chispas: Lucas hackea con frialdad analítica, Fernando gruñe y protege con puños, Amaya reflexiona en espirales que el sistema no toca. La rebelión es silenciosa, no bombas sino susurros eternos. No todos vencen; algunos se quiebran, recordando que la resistencia nace de la terquedad humana, no de héroes de salón.
¿Qué papel juega la ética en el uso de algoritmos en tu novela?
La ética es el fantasma en la máquina: ausente en el dogma, que prioriza eficiencia sobre almas, pero el faro que guía las grietas. En el Núcleo, revelamos cómo creadores ignoran sesgos plutocráticos por «progreso», midiendo ética en métricas, no en daños. Personajes como Gabriel, el empático, la invocan en alianzas eternas, cuestionando: ¿sirve el algoritmo si disuelve lealtades? Pinchando dogmas: la ética no es código ético; es el acto rudo de elegir verdad sobre comodidad, restaurando lo humano en un mundo que lo cuantifica.
¿Hasta qué punto crees que la ciencia ficción puede influir en la reflexión social sobre tecnología y vigilancia?
En muchas ocasiones, depende de si ya hay una pequeña predisposición, o a veces sirve para ponerle nombre a algo que alguien ya venía intuyendo. La idea es que si corta como un buen cuchillo: no predice, sino que despierta. La intención, con mi novela, es invitar a rumiar el control sutil que ya vivimos —vigilancia que aliena por un “me gusta”, no por prisiones—. Intenta influir mostrando lo eterno: grietas humanas que trascienden la tecnologización del día a día. Este tipo de novelas no pueden salvar el mundo, entre otras cosas, por su pequeño alcance, pero planta semillas de duda en algunos de los que las leen, recordando que la reflexión nace del desconcierto.
14. ¿Visualizas un futuro más libre o más controlado por la tecnología?
Más controlado, si no afilamos el hacha ahora: algoritmos evolucionarán a IA que predice rebeliones antes de que nazcan, disfrazando jaulas de utopías. Pero libre en las grietas —como la enseñanza de la historia como antídoto al olvido, y forjamos lealtades fuera del mundo aparente de las redes sociales—. No es binario; es un tira y afloja donde la tecnología puede llegar a encadenarte, pero la terquedad humana —esos susurros eternos— abre resquicios. Visualizo un futuro híbrido: control blando que ahoga masas, libertad ruda para los que resisten como perros fieles. Como siempre ha sido.
¿Qué mensaje principal te gustaría que los lectores se lleven tras leer tu libro?
Que lo eterno late en lo minúsculo: no en grandes victorias contra el dogma, sino en conexiones auténticas, dudas intuitivas, memorias no borradas. Que el control tecnológico no nos disuelve si recordamos ser rotos, leales, verdaderos como un pacto sellado en lluvia, no en código. Si sirve para que alguien salga removido, con inquietud que empuje a desconectar y conectar un abrazo; cuestionando su rutina, anhelando grietas donde la humanidad renace, ya bastaría. No un sermón; sino un eco que perdura.
El control social es el dogma: normas implícitas que disfrazan segregación de progreso, borrando disidencias en sótanos de apatía.
¿Con qué retos te encontraste a la hora de escribir sobre temas tan actuales y complejos?
El reto mayor: equilibrar lo denso sin ahogar, como caminar en barro sin hundirte. Temas como algoritmos éticos suenan a tratado; quise hacerlos sensoriales —lluvia que cala como vigilancia, zumbidos que pesan en el pecho—. Mantener el ritmo pausado sin aburrir, acelerando a tensión en la parte final, fue como forjar hierro: golpes precisos. Y lo personal: filtrar mi rabia contra el «buen rollo» sin sermonear. Autopublicar añadió logística —portada que evocara humedad, distribución en librerías—, pero valió: libertad para cortar crudo, sin editores que suavicen el filo.
¿Qué autores o libros de ciencia ficción te han influenciado en tu obra?
Orwell con 1984, por esa vigilancia que vigila pensamientos sin necesidad de ojos; Huxley en Un mundo feliz, maestro del control blando que adormece con placeres. Blade Runner me dio la ciudad húmeda, alienada. También, Nietzsche y su eterno retorno impulsan la resistencia vital; Evola critica la modernidad decadente que impregna mi dogma; Chesterton, con paradojas irónicas, tiñe las máscaras sociales. Clásicos griegos como Esquilo en Prometeo encadenado —rebelión contra dioses/tecnológicos— y Sófocles en Edipo Rey, por dualidades trágicas en relaciones.
Jorge, ¿cómo crees que evolucionará la relación entre sociedad y algoritmos en los próximos años?
Hacia una simbiosis: algoritmos más empáticos, prediciendo necesidades antes de que las sientas, pero profundizando brechas, élites con IA personal, masas en bucles de contenido adictivo. Regulaciones llegarán, como parches en un muro agrietado, pero el control blando se afianzará vía apps que midan emociones. Evolucionará a un tira y afloja: sociedad más dependiente, pero con grietas de resistencia con jóvenes que hackean no por caos, sino por lealtad eterna. Si no, seremos sombras de nosotros; si sí, renaceremos crudos, enteros. Aunque yo no soy profeta, por tanto, será el paso del tiempo el que determine el futuro.
