Conversamos con la autora sobre su primera novela El gramaje de la lluvia, el origen de esta obra, su proceso creativo y esa particular forma de mirar el mundo que atraviesa sus páginas. La memoria, la resistencia cultural, el oficio artesanal del libro y los secretos familiares
¿Cuál fue la primera imagen, idea o pregunta que dio origen a El gramaje de la lluvia?
Fue una gamberrada, y nació del aburrimiento y una desilusión amorosa, así de poco solemne empezó todo, Yo estaba en la librería, en uno de esos días de lluvia en Córdoba en los que no entraban ni las ratas, y empecé a pensar en los libros como objetos que podían guardar algo más que palabras. Una memoria, una historia, incluso algo de la persona que los había tocado antes. Llevo tiempo escribiendo historias y había pensado en recopilarlas, eran historias en las que exploraba una forma diferente de maldad, o esas zonas oscuras que tenemos los humanos. Cuando me quise dar cuenta una de ellas, la que hablaba del desamor, se había convertido en una novela completa.
¿Dos ciudades tan distintas como Córdoba y Bergen?
Precisamente por eso, porque son muy distintas y, al mismo tiempo, tienen algo que las une: el agua, la luz, la piedra, la memoria y una relación muy intensa con su propia historia. Bergen apareció primero como una fascinación. Me interesaba especialmente la figura de Kristina Håkonsdatter porque ella nació allí y murió en Sevilla en 1262, aunque Kristina solo aparece de manera tangencial en la novela. Yo solo conocía Bergen a través de ella y tampoco quería escribir una novela sobre una ciudad que fingiera conocer como quien ha vivido allí treinta año, pero me interesaba utilizarla como espacio literario, como una ciudad real que pudiera dialogar con Córdoba. Y al final las dos ciudades terminaron teniendo muchísimo peso en la historia.
¿Qué significado tiene el título?
El título nació de la propia materia de la novela. El gramaje es algo muy concreto, casi físico, es el peso del papel, pero también puede convertirse en una medida de lo que contienen las cosas. Y la lluvia está presente desde el principio, no solo como elemento atmosférico, sino como una especie de hilo que une tiempos y lugares. Y porque durante los meses que pasé escribiendo no paró de llover en Córdoba. Me gustaba esa combinación porque habla de algo material y, al mismo tiempo, intangible. Un libro pesa, la memoria también.
¿Cómo te documentaste sobre el incendio de Bergen de 1702, la ocupación nazi y la Córdoba de la posguerra y de los años setenta?
Documentándome muchísimo y, sobre todo, intentando no inventar lo que podía saber. Consulté documentación histórica, bibliografía, fotografías, mapas, testimonios y todo aquello que me permitía reconstruir los espacios y las circunstancias. También tuve que investigar aspectos mucho más concretos relacionados con la encuadernación, los materiales, las técnicas y la conservación de libros.Hay una parte de la documentación que no aparece directamente en la novela, pero que resulta imprescindible para escribirla. Si quieres que el lector crea en una habitación, una calle, un taller o una época, tú tienes que haber pasado muchas horas allí antes, aunque luego solo utilices una pequeña parte.
En la novela hay personajes que han aprendido a vivir con secretos y otros que necesitan conocer la verdad para poder continuar. Y creo que eso nos pasa bastante a todos
La lluvia, el mar, la luz y la arquitectura tienen una presencia muy marcada. ¿Trabajaste las ciudades como si fueran personajes?
Sí, completamente. No quería que Córdoba y Bergen fueran simplemente dos lugares donde ocurren cosas, necesitaba que condicionaran a los personajes y que tuvieran una presencia propia. La arquitectura, la luz, la humedad, las calles… todo eso determina cómo vivimos un espacio. Y en una novela que habla tanto de memoria, de pérdida y de objetos, el lugar donde están esos objetos también importa. Hay ciudades que son decorado y ciudades que terminan formando parte de la historia, yo quería las segundas, porque tanto Bergen como Córdoba son ciudades patrimonio.
En la novela conviven silencios, sacrificios y secretos. ¿Cuándo protege el silencio y cuándo se convierte en una carga?
El silencio puede protegerte durante un tiempo, pero tiene la mala costumbre de quedarse a vivir contigo. Hay silencios que nacen del amor, del miedo, de la necesidad de proteger a alguien o de sobrevivir a determinadas circunstancias. El problema aparece cuando aquello que callamos empieza a ocupar más espacio que aquello que decimos. En la novela hay personajes que han aprendido a vivir con secretos y otros que necesitan conocer la verdad para poder continuar. Y creo que eso nos pasa bastante a todos. A veces callamos porque queremos proteger a alguien y, otras veces, porque no sabemos cómo enfrentarnos a lo que sabemos.
Un libro pesa, la memoria también
¿Qué personaje te resultó más difícil de escribir y cuál te sorprendió más durante el proceso?
Los personajes que llevan demasiado tiempo callando siempre son difíciles. Aunque parezca una contradicción, el personaje más difícil fué Solveig porque se parece mucho a mi, porque no quería que fuese un reflejo de mi misma y me costaba separarlo de mis experiencias. Me interesa mucho escribir personajes que no explican inmediatamente quiénes son, porque en la vida tampoco vamos por ahí entregando al resto una ficha técnica de nuestra personalidad. Vamos dejando pistas. Y entonces entró Esperanza como un vendaval en la bodega, y empezó a tomar decisiones que yo no había previsto. Eso es una de las cosas que más me gustan de escribir: llega un momento en que dejas de decidirlo todo tú y tienes que seguirles a ellos Aunque sepamos perfectamente que son personajes inventados. Una también puede discutir con gente que no existe. La literatura tiene esas pequeñas ventajas.
Los libros y el taller de encuadernación son el corazón material de la historia. ¿Qué simboliza para ti reparar y conservar un libro?
Reparar un libro es asumir que algo puede estar deteriorado y seguir teniendo valor. Eso me interesa muchísimo, porque vvimos en una época en la que parece que cuando algo se estropea se sustituye. Con los objetos, con las relaciones, con casi todo. Un libro reparado conserva sus heridas. No vuelve a ser nuevo. Y precisamente por eso tiene otra historia. Para mí, conservar un libro también es una forma de conservar la memoria de quienes estuvieron antes que nosotros.
¿Cómo influyó su experiencia como librera y fundadora de El Reino de Agartha en la escritura de la novela?
Influyó muchísimo, aunque no porque la novela cuente mi vida como librera. Una librería te permite observar a las personas y, sobre todo, observar la relación que tienen con los libros. Hay gente que compra un libro porque quiere leerlo y gente que compra un libro porque necesita conservarlo. Hay libros que se regalan, libros que se heredan, libros que se esconden y libros que aparecen décadas después en una caja. Durante estos años he visto que un libro nunca es solamente un objeto. Y además está la parte material: tocar el papel, abrir una edición antigua, reconocer una encuadernación, ver cómo ha envejecido una cubierta. Todo eso forma parte de mi manera de mirar los libros. La librería me dio muchas de esas herramientas. La novela hizo el resto.
¿Qué detalles del oficio de la encuadernación querías que el lector pudiera casi tocar, oler o escuchar?
Quería que el taller se sintiera… El olor de la piel, la cola, el papel, el polvo; el sonido de las herramientas, el roce de los materiales, el trabajo manual. Me interesaba que el lector entendiera que un libro no aparece mágicamente terminado en una estantería. Hay muchas horas de trabajo detrás de un libro, y especialmente detrás de un libro artesanal. Por eso intenté que la encuadernación no fuese simplemente una ambientación bonita, sino parte de la historia.
Reparar un libro es asumir que algo puede estar deteriorado y seguir teniendo valor. Eso me interesa muchísimo, porque vvimos en una época en la que parece que cuando algo se estropea se sustituye
¿Crees que las librerías pueden funcionar como guardianas de la memoria colectiva, igual que el taller de la novela?
Sí, aunque no creo que debamos convertir a las librerías en instituciones sagradas, que bastante tenemos ya con pagar los alquileres.Pero sí creo que una librería puede ser un lugar de memoria. Por los libros que conserva, por las personas que pasan por ella, por las conversaciones y, sobre todo, por las historias que se cruzan allí. Una librería independiente como la mía además tiene algo que no siempre tiene una gran superficie: yo conozco a mis lectores, sé que qué libro busca alguien, cuál le debe regalar a su padre con solo decime lo que siente por él, qué autor lleva años persiguiendo o qué novela necesita en un momento determinado. Ejercemos de psicólogas y eso también es memoria.
¿Qué te gustaría que permaneciera en el lector después de cerrar El gramaje de la lluvia?
Me gustaría que permaneciera la sensación de que las cosas que amamos dejan una huella, incluso cuando creemos que las hemos perdido. Y que los objetos pueden contener memoria. Un libro puede pasar de unas manos a otras durante generaciones y seguir llevando algo de quienes estuvieron antes. Pero, sobre todo, me gustaría que el lector cerrase la novela y se quedara pensando en sus propios libros, en las personas que se los regalaron, en los que heredó, en los que perdió y en aquellos que todavía conserva por una razón que quizá ni siquiera sabe explicar. Porque al final creo que la novela habla de eso: de lo que intentamos conservar cuando sabemos que todo lo demás, tarde o temprano, termina desapareciendo.
