La periodista italiana Laura Avalle ha publicado con Morellini Ediciones, Lucia Bosé. La última toma
¿Cuándo nació la idea de escribir un libro sobre Lucía Bosè?
Nació en el momento más surrealista posible: mientras el mundo se detenía. Era marzo de 2020, estábamos en pleno confinamiento y llegó la noticia de la muerte de Lucía. Mi marido, Davide Sordella, la conocía personalmente y había trabajado con ella. Pocos días después, al ir a casa de su madre, encontró en el desván una vieja cinta de vídeo. Contenía una entrevista que había realizado con Lucía en 2005, en el Grand Hôtel des Îles Borromées de Stresa, precisamente donde ella había sido coronada Miss Italia en 1947. Vimos aquella grabación durante un tiempo suspendido. Y ocurrió algo extraño: fuera todo estaba inmóvil, mientras que en la pantalla Lucía estaba vivísima. Hablaba, reía, recordaba, contaba. Tuve la sensación de que aquella cinta de vídeo era una puerta. Por un lado estaba el presente, marcado por la muerte y la pandemia; por otro, una mujer que de repente volvía a hablarnos desde el pasado. Sentí que tenía que seguirla. No quería escribir una biografía tradicional. Quería buscar a la mujer que había detrás de la fotografía, detrás de la diva, detrás del personaje público. Una vieja cinta de vídeo se convirtió en una máquina del tiempo.
¿Por qué el título L’ultimo ciak?
El título italiano es Lucia Bosè. L’ultimo ciak, mientras que la edición española se titula La última toma. Y me parece un título especialmente apropiado también para España, porque Lucía vivió allí una parte fundamental de su segunda vida. El «ciak» es, naturalmente, una referencia al cine, pero para mí significa sobre todo un final que no es necesariamente un final. Lucía tuvo muchos últimos «ciak»: cuando dejó el cine, cuando terminó su matrimonio con Dominguín, cuando cambió de vida, cuando transformó su pasión por los ángeles en un proyecto concreto. Cada vez parecía que una historia llegaba a su fin. Y cada vez comenzaba otra. Lucía me enseñó que en la vida un «último ciak» también puede ser el comienzo de una nueva escena.
¿Cómo fue el proceso de documentación sobre la vida personal y profesional de Lucía Bosè?
Fue un trabajo casi detectivesco, pero también muy emocional. Partí de la cinta de vídeo, que para mí sigue siendo la fuente más valiosa porque allí estaba directamente la voz de Lucía. Después llegaron sus películas, las entrevistas, los artículos, los documentos sobre su vida, los relatos de Davide y todo lo que pude recuperar sobre su trayectoria. Sobre todo, intenté escucharla. No solamente leer lo que otros habían escrito sobre ella. Esto es importante porque se ha contado muchísimo sobre Lucía: como Miss Italia, como musa de Visconti y Antonioni, como esposa de Dominguín, como madre de Miguel Bosè. Pero entre todas estas definiciones existe el riesgo de que desaparezca la persona. Las fuentes cinematográficas también confirman lo particular que fue su trayectoria: desde el encuentro con Visconti en la pastelería Galli hasta sus papeles con Antonioni, que contribuyeron a construir una nueva idea de feminidad en la pantalla. Después, naturalmente, llega el momento en que la documentación tiene que dejar espacio a la literatura. La realidad me dio las coordenadas. La narrativa me permitió entrar en los espacios que la realidad no podía contarme.
Rememora la infancia de la actriz en un Milán bombardeado, su descubrimiento por Luchino Visconti, sus películas con Antonioni o Fellini, y su matrimonio con el torero Luis Miguel Dominguín
¿Pudiste contar con la colaboración de la familia de la actriz? ¿Cómo acogió el proyecto su entorno?
No trabajé con la familia durante la escritura. La relación con ellos está vinculada sobre todo a Davide, que había conocido personalmente a Lucía. Yo tuve la suerte de conocer a Paola Dominguín y a Olfo Bosè en Málaga, en mayo de 2022, durante la presentación de la película Lucia Bosè l’ultimo ciak, dirigida por Davide Sordella, en el Festival de Cine. Llevaba conmigo la novela italiana y pude entregársela personalmente. Fue un momento muy intenso para mí. Hasta entonces, Lucía había sido sobre todo la mujer que había conocido a través de una voz, de una cinta de vídeo, de los relatos de mi marido y de mis investigaciones. De repente tenía delante a personas que realmente habían conocido a aquella mujer, que formaban parte de su vida.
Fue una gran emoción.
El libro combina biografía, ficción y elementos metaficcionales. ¿Cómo decidiste dónde terminaban los hechos y comenzaba la imaginación?
Fue uno de los desafíos más interesantes. Intenté ser rigurosa con los hechos documentados, pero nunca quise convertir la novela en un archivo. El personaje de Kosoof es el ejemplo más evidente. Nace de Davide, una persona real, pero en el momento en que entra en la novela se convierte en un personaje literario. Ya no es simplemente mi marido: es la mirada a través de la cual puedo acercarme a Lucía. Y esto me permitió una libertad importante: no fingir que había conocido a Lucía, sino contar mi intento de conocerla. No he inventado una Lucía diferente de la que surgía de las fuentes. He imaginado lo que podía suceder en los espacios que la realidad había dejado vacíos.
¿Hubo algún episodio de la vida de Lucía Bosè que resultara especialmente difícil de trasladar a la novela?
Las partes más difíciles fueron aquellas en las que la mujer pública y la privada casi se superponen: el matrimonio con Dominguín, las infidelidades, la separación, la maternidad, las decisiones que cambiaron el rumbo de su vida. Cuando cuentas la historia de una persona famosa, siempre existe el riesgo de convertir el dolor en espectáculo. Yo no quería hacerlo. Y en esto me ayudó mucho la propia voz de Lucía. En la entrevista de 2005 no parece una mujer que quiera borrar sus heridas. Las mira, las cuenta, las coloca dentro de una vida más grande. Esa fue mi medida.
¿Qué aspecto de Lucía Bosè descubriste durante la investigación que más te sorprendió?
Su capacidad para no convertirse nunca en prisionera de su propia imagen. Es algo extraordinario. Podría haber sido para siempre la bella Miss Italia de 1947. O la musa de Antonioni. O la esposa del gran torero. O la madre de Miguel Bosè. Sin embargo, continuaba cambiando. Lo que más me llamó la atención es que no parecía interesada en construir una única identidad que tuviera que defender durante toda su vida. Estaba dispuesta a perderla y empezar de nuevo. Lucía no tuvo una sola vida. Tuvo muchas, y nunca pidió permiso para comenzar una nueva.
La novela entrelaza la voz de la propia actriz reconstruyendo su pasado a través de una cinta grabada
¿Qué imagen de ella querías que volviera a emerger, más allá de su condición de actriz, musa o personaje público?
La mujer. Parece una respuesta sencilla, pero para mí ha sido el centro de todo el libro. Quería devolver una Lucía capaz de ser al mismo tiempo fuerte y frágil, irónica y melancólica, inconformista y profundamente vinculada a sus afectos. Una mujer que podía ser elegantísima y, al mismo tiempo, estar completamente fuera de los esquemas. Y, sobre todo, quería liberarla, al menos en las páginas, de las definiciones de los demás. Me interesaba menos la Lucía que todos conocían y mucho más la Lucía que nadie podía fotografiar.
¿Qué importancia tuvieron figuras como Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni o Giuseppe De Santis en su trayectoria?
Fueron fundamentales porque cada uno de ellos vio algo diferente en Lucía. Visconti se fijó en ella cuando todavía era una jovencísima dependienta de la pastelería Galli y intuyó que aquel rostro pertenecía al cine. Después la dirigió hacia De Santis y Antonioni. De Santis le ofreció un papel en el cine neorrealista con Non c’è pace tra gli ulivi. Antonioni, en cambio, la llevó a una dimensión completamente diferente con Cronaca di un amore y posteriormente La signora senza camelie. El Archivo Antonioni la define como su musa de la década anterior a Monica Vitti. Pero hay un aspecto que me interesa especialmente: Lucía no fue solamente la musa de aquellos hombres. Fue una persona que supo utilizar lo que aquellos encuentros le ofrecían para construir su propio camino. Ella misma recordaba a Visconti como una persona extraordinaria y hablaba con gran ironía incluso de la severidad de Antonioni en el rodaje. Los grandes directores contribuyeron a descubrir a Lucía. Pero Lucía, en un determinado momento, tuvo que descubrirse a sí misma.
¿Cómo aborda el libro su matrimonio con Luis Miguel Dominguín sin reducir su vida a esa relación?
Cuento el matrimonio porque es una parte enorme de su vida, pero no quería que se convirtiera en la explicación de Lucía. Dominguín fue el amor, el marido, el padre de sus hijos, pero también el hombre junto al cual Lucía tuvo que medir su propia libertad. Su historia fue intensa y compleja. La propia Lucía hablaba de las infidelidades de su marido con una mezcla de dolor, ironía y lucidez que dice muchísimo sobre su carácter. Pero lo que me interesaba era lo que sucedió después. Cuando aquella historia termina, Lucía no termina con ella. No quería contar «la mujer de Dominguín». Quería contar a la mujer que, después de Dominguín, continuó convirtiéndose en Lucía.
Lucía Bosè se reinventó en diferentes etapas de su vida: ¿cuál consideras que fue su transformación más decisiva?
La que se produce cuando deja de ser definida por los demás. Primero es Miss Italia, después actriz, después diva, después esposa, madre. Son todas definiciones que también llegan desde fuera. En un determinado momento, en cambio, Lucía empieza a construir un mundo cada vez más personal: el arte, los ángeles, el museo, la escritura, su vida en España. Es ahí donde, en mi opinión, se produce la transformación más profunda. No se convierte en otra persona. Se convierte cada vez más en ella misma.
¿Qué significado tuvo para ella la creación del Museo de los Ángeles?
El Museo de los Ángeles es una de las cosas que más me gustan de su historia porque muestra a una Lucía completamente diferente de aquella que el público había aprendido a conocer. La idea nace de una fascinación que había cultivado durante años. En 1994, El País hablaba del proyecto de crear en Turégano un museo dedicado a los ángeles y recordaba hasta qué punto aquel mundo era importante para ella. Y la propia Lucía explicaba que los ángeles eran para ella una presencia, casi unos compañeros invisibles. Me gusta mucho porque no es una elección obvia para una diva del cine. Es casi un gesto de libertad artística: después de haber pasado toda su vida siendo observada, fotografiada, deseada, Lucía crea un lugar dedicado a algo que no se puede ver. Después de pasar una vida ante los ojos de los demás, Lucía construyó un museo para aquello que los ojos no pueden ver.
Si tuvieras que definir la libertad de Lucía Bosè con una escena del libro, ¿cuál elegirías?
Elegiría una escena en la que Lucía decide cambiar de rumbo sin pedir permiso. Porque su libertad no consiste en hacer siempre lo que quiere. Esa sería una definición demasiado fácil. Su libertad consiste en saber que una decisión puede tener un precio y elegirla de todos modos. Dejó el cine cuando podría haber continuado. Dejó un matrimonio que ya no la hacía feliz. Cambió de país. Reinventó su relación con el arte. La libertad de Lucía no fue la ausencia de límites. Fue la capacidad de no dejarse definir por ellos.
El relato comienza durante el confinamiento de 2020. ¿Por qué era importante situarlo en ese momento histórico?
Porque no es simplemente un marco narrativo. Es el momento del que nació realmente la historia. El confinamiento había creado una condición extrañísima: de repente teníamos tiempo, pero no teníamos libertad de movimiento. El presente se había quedado inmóvil. Y fue precisamente en aquella inmovilidad cuando apareció Lucía. La cinta de vídeo nos devolvió a una persona que ya no estaba, pero que a través de su voz volvía a ocupar la habitación. Para mí, el confinamiento se convirtió así en una especie de limbo narrativo: un lugar suspendido entre la vida y la muerte, el presente y el pasado, la realidad y la memoria. Mientras el mundo se veía obligado a detenerse, la historia de Lucía volvía a ponerse en movimiento.
¿Qué crees que puede descubrir en el libro alguien que conoce a Lucía Bosè solamente como figura pública?
Quizá descubra que Lucía no es fácil de resumir. En España fue conocida como actriz italiana, como esposa de Luis Miguel Dominguín, como madre de Miguel Bosè, pero también como una mujer que había elegido España como un lugar fundamental de su existencia. Yo espero que el lector encuentre a una Lucía menos monumental. Una mujer que tuvo miedo, que se equivocó, que sufrió, que amó muchísimo y que continuó buscando incluso cuando podría haberse limitado a disfrutar de todo lo que ya había conquistado. Me gustaría que el lector terminara el libro pensando: «Ahora conozco un poco mejor a Lucía, no solamente a Bosè».
¿Qué te gustaría que permaneciera en el lector después de la última página?
El deseo de volver a empezar. No necesariamente de cambiarlo todo. A veces basta con cambiar la mirada. Lucía me impresionó porque nunca consideró su vida como algo concluido. Cada vez que parecía haber llegado al final de una etapa, encontraba una nueva curiosidad, una nueva pasión, un nuevo proyecto. Y quizá esta sea la parte más contemporánea de su historia. No estamos obligados a ser para siempre la persona que fuimos hasta ayer.
Después de haber convivido durante tanto tiempo con su historia, ¿quién es Lucía Bosè para Laura Avalle? Es una voz. Es curioso decirlo de una persona a la que no conocí personalmente, pero es exactamente así. Yo conocí a Lucía a través de una grabación. Después la busqué en sus películas, en las fotografías, en las entrevistas, en los relatos de quienes la habían conocido. Cuanto más intentaba reconstruirla, más me daba cuenta de que no podía poseer una imagen definitiva de ella. Y quizá sea precisamente eso lo que me gusta de ella. Lucía sigue siendo escurridiza. No se deja encerrar dentro de una definición. Cuando empecé a escribir pensaba que tenía que contar su vida. Al final comprendí que también estaba contando la manera en que una persona puede seguir viviendo en la memoria de alguien que nunca la conoció. Para mí, hoy, Lucía Bosè es eso: una mujer que no ha dejado de convertirse en sí misma. Y quizá sea lo más hermoso que una persona puede dejar.
Quando è nata l’idea di scrivere un libro su Lucía Bosé?
È nata nel momento più surreale possibile: mentre il mondo si fermava. Era il marzo del 2020, eravamo nel pieno del lockdown e arrivò la notizia della morte di Lucia. Mio marito, Davide Sordella, la conosceva personalmente e aveva lavorato con lei. Pochi giorni dopo, andando a casa di sua madre, recuperò in soffitta una vecchia videocassetta. Conteneva un’intervista che aveva realizzato con Lucia nel 2005, al Grand Hôtel des Îles Borromées di Stresa, proprio dove lei era stata incoronata Miss Italia nel 1947. Guardammo quella registrazione durante un tempo sospeso. E accadde qualcosa di strano: fuori tutto era immobile, mentre sullo schermo Lucia era vivissima. Parlava, rideva, ricordava, raccontava. Io ho avuto la sensazione che quella videocassetta fosse una porta. Da una parte c’era il presente, segnato dalla morte e dalla pandemia; dall’altra c’era una donna che improvvisamente tornava a parlarci dal passato. Ho sentito che dovevo seguirla. Non volevo scrivere una biografia tradizionale. Volevo cercare la donna dietro la fotografia, dietro la diva, dietro il personaggio pubblico. Una vecchia videocassetta è diventata una macchina del tempo.
Perché il titolo L’ultimo ciak?
Il titolo italiano è Lucia Bosè. L’ultimo ciak, mentre l’edizione spagnola diventa La última toma. E trovo che sia un titolo particolarmente adatto anche per la Spagna, perché Lucia ha vissuto lì una parte fondamentale della sua seconda vita. Il “ciak” è naturalmente un richiamo al cinema, ma per me significa soprattutto una fine che non è necessariamente una fine. Lucia ha avuto molti ultimi ciak: quando ha lasciato il cinema, quando è terminato il matrimonio con Dominguín, quando ha cambiato vita, quando ha trasformato la sua passione per gli angeli in un progetto concreto. Ogni volta sembrava chiudersi una storia. E ogni volta ne cominciava un’altra. Lucia mi ha insegnato che nella vita un “ultimo ciak” può essere anche l’inizio di una nuova scena.
Com’è stato il processo di documentazione sulla vita personale e professionale di Lucía Bosé?
È stato un lavoro quasi investigativo, ma anche molto emotivo. Sono partita dalla videocassetta, che per me rimane la fonte più preziosa perché lì c’era direttamente la voce di Lucia. Poi sono arrivati i suoi film, le interviste, gli articoli, i documenti sulla sua vita, i racconti di Davide e tutto ciò che potevo recuperare sul suo percorso. Ho cercato soprattutto di ascoltarla. Non soltanto di leggere quello che gli altri avevano scritto su di lei. Questo è importante perché Lucia è stata raccontata moltissimo: come Miss Italia, come musa di Visconti e Antonioni, come moglie di Dominguín, come madre di Miguel Bosé. Ma tra tutte queste definizioni rischia di scomparire la persona. Anche le fonti cinematografiche confermano quanto sia stato particolare il suo percorso: dall’incontro con Visconti alla pasticceria Galli, fino ai ruoli con Antonioni che contribuirono a costruire una nuova idea di femminilità sullo schermo. Poi, naturalmente, arriva il momento in cui la documentazione deve lasciare spazio alla letteratura. La realtà mi ha dato le coordinate. La narrativa mi ha permesso di entrare negli spazi che la realtà non poteva raccontarmi.
Ripercorre l’infanzia dell’attrice in una Milano bombardata, la sua scoperta da parte di Luchino Visconti, i suoi film con Antonioni o Fellini e il suo matrimonio con il torero Luis Miguel Dominguín
Hai potuto contare sulla collaborazione della famiglia dell’attrice? Come ha accolto il progetto il suo entourage?
Non ho lavorato con la famiglia durante la scrittura. Il rapporto con loro è soprattutto legato a Davide, che Lucia l’aveva conosciuta personalmente. Io ho avuto la fortuna di incontrare Paola Dominguín e Olfo Bosè a Málaga, nel maggio 2022, durante la presentazione del film Lucia Bosè l’ultimo ciak diretto da Davide Sordella al Festival del Cinema. Avevo con me il romanzo italiano e ho potuto consegnarlo personalmente. È stato un momento molto forte per me. Fino a quel momento Lucia era stata soprattutto la donna che avevo conosciuto attraverso una voce, una videocassetta, i racconti di mio marito e le mie ricerche. Improvvisamente avevo davanti persone che quella donna l’avevano conosciuta davvero, che erano parte della sua vita. È stata una grande emozione.
Il libro unisce biografia, finzione ed elementi metafinzionali. Come hai deciso dove finivano i fatti e cominciava l’immaginazione?
È stata una delle sfide più interessanti. Ho cercato di essere rigorosa con i fatti documentati, ma non ho mai voluto trasformare il romanzo in un archivio. Il personaggio di Kosoof è l’esempio più evidente. Nasce da Davide, una persona reale, ma nel momento in cui entra nel romanzo diventa un personaggio letterario. Non è più semplicemente mio marito: è lo sguardo attraverso cui io posso avvicinarmi a Lucia. E questo mi ha permesso una libertà importante: non fingere di aver conosciuto Lucia, ma raccontare il mio tentativo di conoscerla. Non ho inventato una Lucia diversa da quella che emergeva dalle fonti. Ho immaginato ciò che poteva accadere negli spazi lasciati vuoti dalla realtà.
C’è stato qualche episodio della vita di Lucía Bosé particolarmente difficile da trasporre nel romanzo?
Le parti più difficili sono state quelle in cui la donna pubblica e quella privata quasi si sovrappongono: il matrimonio con Dominguín, le infedeltà, la separazione, la maternità, le scelte che hanno cambiato il corso della sua vita. Quando racconti una persona famosa, esiste sempre il rischio di trasformare il dolore in spettacolo. Io non volevo farlo. E in questo mi ha aiutato molto la voce di Lucia stessa. Nell’intervista del 2005 non sembra una donna che vuole cancellare le proprie ferite. Le guarda, le racconta, le inserisce dentro una vita più grande. Questa è stata la mia misura.
Quale aspetto di Lucía Bosé hai scoperto durante la ricerca che ti ha sorpreso di più?
La sua capacità di non diventare mai prigioniera della propria immagine. È una cosa straordinaria. Avrebbe potuto rimanere per sempre la bella Miss Italia del 1947. Oppure la musa di Antonioni. Oppure la moglie del grande torero. Oppure la madre di Miguel Bosé. Invece continuava a cambiare. Quello che mi ha colpito è che non sembrava interessata a costruire una sola identità da difendere per tutta la vita. Era disposta a perderla e a ricominciare.
Lucia non ha avuto una sola vita. Ne ha avute molte, e non ha mai chiesto il permesso per cominciarne una nuova.
Il romanzo intreccia la voce della stessa attrice, ricostruendo il suo passato attraverso una registrazione
Quale immagine di lei volevi far riemergere, al di là della sua condizione di attrice, musa o personaggio pubblico?
La donna. Sembra una risposta semplice, ma per me è stato il centro di tutto il libro. Volevo restituire una Lucia capace di essere contemporaneamente forte e fragile, ironica e malinconica, anticonformista e profondamente legata ai suoi affetti. Una donna che poteva essere elegantissima e insieme completamente fuori dagli schemi. E soprattutto volevo liberarla, almeno sulla pagina, dalle definizioni degli altri. Mi interessava meno la Lucia che tutti conoscevano e molto di più la Lucia che nessuno poteva fotografare.
Che importanza hanno avuto figure come Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni o Giuseppe De Santis nel suo percorso?
Sono stati fondamentali perché ognuno di loro ha visto qualcosa di diverso in Lucia. Visconti la nota quando è ancora una giovanissima commessa alla pasticceria Galli e intuisce che quel volto appartiene al cinema. Poi la indirizza verso De Santis e Antonioni. De Santis le offre un ruolo nel cinema neorealista con Non c’è pace tra gli ulivi. Antonioni, invece, la porta in una dimensione completamente diversa con Cronaca di un amore e successivamente La signora senza camelie. L’Archivio Antonioni la definisce la sua musa del decennio precedente a Monica Vitti. Ma c’è un aspetto che mi interessa particolarmente: Lucia non è stata soltanto la musa di questi uomini. È stata una persona che ha saputo utilizzare ciò che quegli incontri le offrivano per costruire la propria strada. Lei stessa ricordava Visconti come una persona straordinaria e raccontava con grande ironia anche la severità di Antonioni sul set. I grandi registi hanno contribuito a scoprire Lucia. Ma Lucia, a un certo punto, ha dovuto scoprire se stessa.
Come affronta il libro il suo matrimonio con Luis Miguel Dominguín senza ridurre la sua vita a quella relazione?
Racconto il matrimonio perché è una parte enorme della sua vita, ma non volevo che diventasse la spiegazione di Lucia. Dominguín è stato l’amore, il marito, il padre dei suoi figli, ma anche l’uomo accanto al quale Lucia ha dovuto misurare la propria libertà. La loro storia è stata intensa e complessa. Lucia stessa raccontava le infedeltà del marito con una miscela di dolore, ironia e lucidità che dice moltissimo sul suo carattere. Ma la cosa che mi interessava era ciò che è successo dopo. Quando quella storia finisce, Lucia non finisce con essa. Non volevo raccontare “la moglie di Dominguín”. Volevo raccontare la donna che, dopo Dominguín, ha continuato a diventare Lucia.
Lucía Bosé si reinventò in diverse fasi della sua vita: quale consideri sia stata la sua trasformazione più decisiva?
Quella che avviene quando smette di essere definita dagli altri. Prima è Miss Italia, poi attrice, poi diva, poi moglie, madre. Sono tutte definizioni che arrivano anche dall’esterno. A un certo punto, invece, Lucia comincia a costruire un mondo sempre più personale: l’arte, gli angeli, il museo, la scrittura, la sua vita in Spagna. È lì che, secondo me, avviene la trasformazione più profonda. Non diventa qualcun’altra. Diventa sempre più se stessa.
Che significato ha avuto per lei la creazione del Museo degli Angeli?
Il Museo degli Angeli è una delle cose che amo di più della sua storia perché racconta una Lucia completamente diversa da quella che il pubblico aveva imparato a conoscere. L’idea nasce da una fascinazione che aveva coltivato per anni. Nel 1994 El País raccontava il progetto di creare a Turégano un museo dedicato agli angeli e ricordava quanto questo mondo fosse importante per lei. E Lucia stessa spiegava che gli angeli erano per lei una presenza, quasi dei compagni invisibili. Mi piace molto perché non è una scelta ovvia per una diva del cinema. È quasi un gesto di libertà artistica: dopo essere stata per tutta la vita osservata, fotografata, desiderata, Lucia crea un luogo dedicato a qualcosa che non si può vedere. Dopo aver passato una vita davanti agli occhi degli altri, Lucia ha costruito un museo per ciò che gli occhi non possono vedere.
Se dovessi definire la libertà di Lucía Bosé con una scena del libro, quale sceglieresti?
Sceglierei una scena in cui Lucia decide di cambiare direzione senza chiedere il permesso. Perché la sua libertà non consiste nel fare sempre quello che vuole. Questa sarebbe una definizione troppo facile. La sua libertà consiste nel sapere che una scelta può avere un prezzo e scegliere comunque. Ha lasciato il cinema quando avrebbe potuto continuare. Ha lasciato un matrimonio che non la rendeva più felice. Ha cambiato Paese. Ha reinventato il proprio rapporto con l’arte. La libertà di Lucia non è stata l’assenza di vincoli. È stata la capacità di non lasciarsi definire dai vincoli.
Il racconto inizia durante il confinamento del 2020. Perché era importante ambientarlo in quel momento storico?
Perché non è una semplice cornice narrativa. È il momento da cui è nata realmente la storia. Il lockdown aveva creato una condizione stranissima: improvvisamente avevamo tempo, ma non avevamo libertà di movimento. Il presente era diventato immobile.
Ed è proprio in quella immobilità che è comparsa Lucia. La videocassetta ci ha restituito una persona che non c’era più, ma che attraverso la sua voce tornava a occupare la stanza. Per me il lockdown è diventato quindi una specie di limbo narrativo: un luogo sospeso tra vita e morte, presente e passato, realtà e memoria. Mentre il mondo era costretto a fermarsi, la storia di Lucia ricominciava a muoversi.
Cosa pensi possa scoprire nel libro chi conosce Lucía Bosé solo come figura pubblica?
Forse scoprirà che Lucia non è facilmente riassumibile. In Spagna è stata conosciuta come attrice italiana, come moglie di Luis Miguel Dominguín, come madre di Miguel Bosé, ma anche come una donna che aveva scelto la Spagna come luogo importante della propria esistenza. Io spero che il lettore incontri una Lucia meno monumentale. Una donna che ha avuto paura, che ha sbagliato, che ha sofferto, che ha amato moltissimo e che ha continuato a cercare anche quando avrebbe potuto semplicemente godersi ciò che aveva già conquistato. Vorrei che il lettore uscisse dal libro pensando: “Adesso conosco un po’ meglio Lucia, non soltanto la Bosè”.
Cosa vorresti che rimanesse nel lettore dopo l’ultima pagina?
Il desiderio di ricominciare. Non necessariamente di cambiare tutto. A volte basta cambiare lo sguardo. Lucia mi ha colpito perché non ha mai considerato la propria vita come qualcosa di concluso. Ogni volta che sembrava arrivata alla fine di una fase, trovava una nuova curiosità, una nuova passione, un nuovo progetto. E questa è forse la cosa più contemporanea della sua storia. Non siamo obbligati a essere per sempre la persona che siamo stati fino a ieri.
Dopo aver convissuto così a lungo con la sua storia, chi è Lucía Bosé per Laura Avalle?
È una voce. È curioso dirlo di una persona che non ho conosciuto personalmente, ma è proprio così. Io ho incontrato Lucia attraverso una registrazione. Poi l’ho cercata nei film, nelle fotografie, nelle interviste, nei racconti di chi l’aveva conosciuta. Più cercavo di ricostruirla, più mi rendevo conto che non potevo possederne un’immagine definitiva. E forse è proprio questo che mi piace di lei. Lucia rimane sfuggente. Non si lascia chiudere dentro una definizione. Quando ho iniziato a scrivere pensavo di dover raccontare la sua vita. Alla fine ho capito che stavo raccontando anche il modo in cui una persona può continuare a vivere nella memoria di chi non l’ha mai incontrata. Per me oggi Lucia Bosè è questo: una donna che non ha smesso di diventare se stessa. E forse è la cosa più bella che può lasciare una persona.
