Actualmente interpretar a uno de los personajes en la obra teatral Leonardo y el Novio en el Teatro Lara
Hola Daniel, bienvenido a nuestra revista. Actualmente estás actuando en el Teatro Lara de Madrid con la pieza Leonardo y el Novio, ¿qué nos puedes contar de la obra?
Leonardo y el Novio parte de una pregunta que a mí me parece fascinante: ¿qué ocurre después de que termina una tragedia? Todos conocemos Bodas de sangre y sabemos cómo acaba la historia, pero Matías Benedetti plantea qué pasaría si estos dos personajes pudieran encontrarse después de la muerte y hablar de todo aquello que ocurrió. Y ahí aparece una obra que mezcla drama, humor, culpa, deseo, violencia, memoria… pero sobre todo aparece la posibilidad de que estos dos hombres puedan por fin decirse cosas que nunca pudieron decirse en vida. Y creo que ahí está una de las cosas más bonitas de la función: no intentamos contar otra vez Bodas de sangre, sino entrar en ella desde otro lugar y preguntarnos qué había detrás de esos dos hombres.
¿Qué elementos del universo de Lorca se mantienen y cuáles se reinterpretan desde una mirada contemporánea?
Hay elementos que son absolutamente reconocibles: la tragedia, el destino, la pasión, la violencia, la muerte, el deseo… y, por supuesto, la sombra de Bodas de sangre está presente durante toda la función. Pero creo que la gran diferencia está en que aquí Lorca deja de ser solamente el punto de llegada y se convierte en el punto de partida. Matías coge a estos personajes y les permite mirar hacia atrás. Ya no están dentro de la tragedia, sino que pueden cuestionarla. Y eso nos permite hablar de cosas muy contemporáneas: nuestras decisiones, la responsabilidad que tenemos sobre ellas, la manera en la que construimos nuestros recuerdos y hasta cuánto de nuestra historia nos contamos a nosotros mismos para poder seguir adelante.
Además, introducir el humor me parece fundamental. Porque cuando dos personajes tan trágicos empiezan a comportarse simplemente como dos personas, de repente los vemos mucho más cerca.
Creo que la obra habla de algo que nos afecta a todos: qué hacemos con las cosas que nos han pasado y cuánto tiempo podemos permanecer atrapados en ellas
¿Qué preguntas nuevas plantea esta continuación sobre el deseo, la culpa, la violencia y el destino?
Para mí hay una pregunta que sobrevuela toda la obra: ¿somos realmente dueños de nuestras decisiones?
Es muy fácil mirar a Leonardo y al Novio desde fuera y decir: “Esto lo hicieron ellos”. Pero cuando empiezas a conocerlos entiendes que detrás de cada decisión hay muchas cosas: educación, miedo, orgullo, deseo, expectativas, heridas…
Y también aparece otra pregunta que me interesa mucho: ¿qué hacemos con la culpa cuando ya no podemos cambiar lo que hemos hecho?, porque la muerte ya ha ocurrido. No pueden volver atrás. Lo único que pueden hacer es intentar comprenderse. Y quizá comprender no significa perdonar ni justificar, sino simplemente aceptar que aquello ocurrió y aprender a vivir con ello.
¿Qué necesita conocer el público de la obra original para comprender y disfrutar esta propuesta?
Creo que conocer Bodas de sangre ayuda muchísimo, porque hay muchas referencias, personajes, situaciones y elementos que dialogan directamente con la obra de Lorca. Pero no creo que sea imprescindible haberla leído o visto. La función está construida para que puedas entrar aunque no conozcas el texto original. Evidentemente, si conoces Bodas de sangre, empiezas a descubrir muchas capas y pequeños juegos que quizá de otra manera se te escapen.
Pero al final hablamos de dos personas que se han hecho daño, que se reencuentran y que intentan entender qué demonios les pasó. Y eso, aunque no conozcas a Lorca, creo que es bastante universal.

¿Cómo evoluciona la relación entre ambos personajes: desde el enfrentamiento hacia la comprensión, el perdón o una nueva forma de conflicto?
Creo que es una relación que está continuamente cambiando. Empiezan desde un lugar muy evidente: son dos hombres que se han matado. Hay rabia, reproches, heridas… pero poco a poco descubren que también se conocen mucho más de lo que pensaban. Y eso es muy divertido, porque nuestra relación en escena tiene momentos casi de dos hermanos que se llevan fatal. Se conocen perfectamente, saben dónde hacerse daño y también saben cómo hacer reír al otro. Lo bonito es que no creo que la obra busque necesariamente que se perdonen. Busca algo quizá más difícil: que puedan comprenderse. Y a veces comprender al otro no significa darle la razón.
Es muy fácil mirar a Leonardo y al Novio desde fuera y decir: “Esto lo hicieron ellos”. Pero cuando empiezas a conocerlos entiendes que detrás de cada decisión hay muchas cosas: educación, miedo, orgullo, deseo, expectativas, heridas…
¿Ha cambiado tu visión personal de estos personajes durante los ensayos y las representaciones?
Muchísimo. Antes de empezar el proceso tenía una imagen bastante más sencilla del Novio. Lo veía como el personaje que había sufrido una traición y que acababa tomando una decisión terrible. Pero cuando empiezas a trabajar sobre él descubres que hay muchísimas capas.
Y también me ha pasado algo que creo que es muy interesante del oficio de actor: he dejado de preguntarme si el Novio tiene razón y he empezado a preguntarme por qué necesita hacer lo que hace. Eso cambia completamente la mirada. No necesito justificar sus actos para poder comprenderlo. Y creo que precisamente ahí está el trabajo del actor: intentar encontrar humanidad incluso en alguien que toma decisiones que tú personalmente jamás tomarías.
Daniel, ¿qué ha sido lo más difícil y lo más estimulante de interpretar personajes tan ligados al imaginario lorquiano?
Lo más difícil es probablemente quitarte de encima la idea preconcebida de cómo debería ser un personaje lorquiano. Porque cuando escuchas “Lorca”, automáticamente aparecen unas imágenes, una manera de hablar, una solemnidad… y creo que teníamos que luchar un poco contra eso.
Queríamos que estos personajes respiraran, que fueran personas y no estatuas de un museo. Y lo más estimulante ha sido precisamente eso: poder jugar.
Aunque la historia que contamos sea terrible, hay mucho juego entre Leonardo y el Novio. Y tener a Nehuén al lado, con la confianza que hemos construido durante los ensayos, ha hecho que podamos arriesgar mucho más.
¿Con qué reflexión te gustaría que salieran los espectadores del teatro?
Me gustaría que salieran con alguna pregunta. No necesariamente con una respuesta. Creo que la obra habla de algo que nos afecta a todos: qué hacemos con las cosas que nos han pasado y cuánto tiempo podemos permanecer atrapados en ellas. Todos tenemos recuerdos, decisiones o heridas a las que volvemos una y otra vez. Y quizá salir del teatro pensando “¿qué cosas sigo arrastrando yo?” sería algo muy bonito.
Y también me gustaría que el público se riera. Porque a veces hablamos de obras sobre temas profundos como si tuviéramos que salir del teatro mirando al suelo durante tres días. Y no. La vida es trágica y absurda al mismo tiempo. Y creo que nuestra obra también lo es.
Leonardo y el Novio parte de una pregunta que a mí me parece fascinante: ¿qué ocurre después de que termina una tragedia? Todos conocemos Bodas de sangre y sabemos cómo acaba la historia, pero Matías Benedetti plantea qué pasaría si estos dos personajes pudieran encontrarse después de la muerte y hablar de todo aquello que ocurrió
Y para finalizar, ¿un momento “tierra trágame” en el escenario o ante la cámara?
Hay tantos que podría hacer una entrevista entera solo con mis momentos de ‘tierra, trágame’. Pero Fue con dos amigos y compañeros en una función, y además era el último día, que ya sabes que en teatro existe esa tradición de que los actores se hagan alguna pequeña broma entre ellos. El problema es que aquel día se nos fue completamente de las manos. Empezamos a reírnos en mitad de la escena y llegó un momento en el que éramos incapaces de parar. Y lo peor es que cuanto más intentábamos contenernos, más nos reíamos. El público empezó a darse cuenta y terminó riéndose muchísimo con nosotros.
Acabamos los tres prácticamente llorando de la risa encima del escenario. Fue un momento súper cómico y muy bonito porque se creó una especie de complicidad con el público que no estaba prevista en absoluto.
Pero como actor, en ese momento, es horrible, porque tienes que seguir interpretando y tu cuerpo directamente ha decidido que no. Intentas recuperar el personaje, miras al compañero y vuelves a empezar.
Así que sí, fue divertidísimo… pero también uno de esos momentos en los que piensas: ‘Tierra, trágame’. Porque una cosa es hacer reír al público y otra muy distinta es que el público se esté riendo porque tú eres incapaz de dejar de reírte
¿Una manía antes de salir a escena?
Más que una manía tengo una especie de ritual. Necesito unos minutos antes de salir para estar tranquilo, concentrarme y dejar fuera todo lo que haya pasado durante el día. Porque en cuanto empieza la función ya no estás tú: estás dentro de la historia. Y creo que ese momento justo antes de salir, cuando todavía estás esperando, tiene algo muy especial.
