La Palabra

Si fuéramos conscientes del poder que tiene la palabra seriamos más cuidadosos al utilizarla. La palabra no se la lleva el viento, queda clavada en nuestra alma, y jamás olvidamos como nos hizo sentir. Ya lo decía Edward Bulwer-Lytton: «La pluma es más poderosa que la espada», nuestra admirada Ana María Matute decía que: «La palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva». Tanto la reflexión de Bulwer como con de Matute, reflejan a la perfección el poder de la palabra.

La palabra alimenta el alma, pero también la daña. Hiere más que una espada, y puede atravesar el alma sin tocarla. Los seres humanos tenemos la capacidad de poder expresarnos con la palabra, ¡y qué mal uso hacemos de ella! Una vez por no usarla, y otra por utilizarla para herir, aunque no sea de forma intencionada. La palabra sirve para dar a entender nuestro estado de ánimo, pero la ausencia de ella también. El silencio es otro tipo de lenguaje; la palabra y el silencio están unidos con un vínculo inquebrantable, son como la vida y la muerte; una sin la otra no existiría, pues eso pasa con la palabra y el silencio. La palabra puede construir, o destruir; pero el silencio puede construir muros que con el paso del tiempo no se pueden derribar.

La palabra sirve para decir, pero los seres humanos somos tan volátiles y volubles que lo que una persona considera que no es ofensivo, otra persona lo puede considerar como una de las mayores ofensas. La palabra sirve para decir la verdad, pero también es empleada por la mentira. La palabra es usada por el orgullo y la arrogancia, y normalmente la suelen utilizar como una daga para dañar el alma. La palabra también es utilizada por el amor, en todas sus formas, para acariciar y reconfortar el alma…

 Y la palabra no es en ningún momento responsable de la capacidad de la compresión del ser humano, no es la culpable de los malentendidos y enfados que se puedan producir, solo los humanos somos los causantes de ellos por nuestra interpretación de la palabra.

 ¡Ay la palabra! Si fuéramos conscientes del poder que tiene seriamos más cuidadosos al emplearla.

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